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Contra la tradición

por Javier Moral

Un año más el frío terminó de instalarse en nuestro día a día, esas luces, que siempre pretenden superar en elegancia y coste a las del año pasado, hace semanas que se encendieron, y las rebajas están al caer, si no lo han hecho ya. Estamos en Navidad, pero estos reconocibles distintivos nos hicieron entrar poco a poco en ella, esa época del año inundada de ilusión, supuesta felicidad y consumo desorbitado. Pero ojo, no son las únicas señales de estas fechas: también se ha ido pautando a lo largo de los años una serie de ritos audiovisuales ineludibles y, por qué no decirlo, cansinos, como los de cualquier tradición anual.

Quizá el más estimulante de todos sea el estreno de Disney de turno. Tras unos últimos años demostrando su capacidad de alternar el cuento de hadas en su vertiente más clásica (Frozen –Chris Buck y Jennifer Lee, 2013) con la atractiva transgresión de vocación pop (¡Rompe Ralph!Wreck-It Ralph, Rich Moore, 2012), la productora nos sorprende este año con Big Hero 6 (Chris Williams y Don Hall, 2014), su primera incursión en el universo Marvel, desde que adquiriera sus derechos en 2009. Aún no tuve el placer de verla, pero la cosa promete. Mucho.

Lo que no promete tanto es esa colección televisiva de obsequios navideños en forma de trilladas películas que las cadenas desempolvan a finales de cada año. Como en todo, hay niveles que podemos ordenar cualitativamente. En el grado más bajo estarían los telefilmes de sobremesa; igualitos que los del resto del año pero con un gran árbol con bolas, nieve por doquier y gente patinando. Ante esta plaga cada vez más numerosa no hay antídoto posible: la mejor opción es apagar la tele y pasar un (o el) rato con nuestros (queridos o no) familiares. En un segundo escalafón están aquellas horribles películas protagonizadas por Tim Allen o Arnold Schwarzenneger. Si tus hijos son de esos que no dejan escapar una Navidad sin tragárselas, siempre puedes tirar del viejo VHS para cascarles Solo en casa (Home Alone, Chris Columbus, 1990), que da grima, pero no tanta. O no te vayas muy lejos: en Elf (Jon Favreau, 2003) por lo menos sale Will Ferrel, y no está de más ir educándoles en el buen humor. En lo que a ti respecta, puedes ponerte nostálgico con unos Gremlins (Joe Dante, 1984), Los Goonies (The Goonies, Richerd Donner, 1985), Willow (Ron Howard, 1988), Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, Tim Burton, 1990)… o Ben Hur (William Wyler, 1959), según tu edad. Son ñoñas, pero es lo que se lleva.

Claro, que la tradición está bien arraigada. Y por eso las cadenas de televisión no conciben unas Navidades sin programar ¡Qué bello es vivir! (It’s a Wonderful Life, Frank Capra, 1946) ni revisar, cual vídeo de primera, aquel pavo que trinchara Chevy Chase en ¡Socorro, ya es Navidad! (National Lampoon’s Christmas Vacation, Jeremiah S. Chechik, 1989) –por mucho que nos lo parezca la saga National Lampoon’s Vacation nunca será es su mejor contribución al audiovisual, después de haber visto Community. Eso por no hablar de los machacantes episodios navideños de las series de más audiencia (Los Simpson a la cabeza con el Ayudante de Santa Claus o el robo del videojuego). Pero las tradiciones está para romperlas. Y los tópicos también.

Muchas películas han intentado subvertir el mainstream navideño con desiguales resultados. Desde la excesiva reinterpretación de la óptica infantil con ecos del Cuento de Navidad de Dickens, en cintas como la inquietante Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, Henry Selick, 1993) o la traumática Game Over: Se acabó el juego (3615 code Père Noël, René Manzor, 1989), al desvanecimiento de las expectativas en la edad adulta, con salvajes comedias como las españolas El día de la bestia (Álex de la Iglesia, 1995) o No controles (Borja Cobeaga, 2010). Excelentes propuestas que nunca cuajaron como iconos del fin del año. Si no lo consiguió Berlanga con Plácido (1961)…

Por eso resultan especialmente ilusionantes dos acontecimientos recientes que contribuyen a esa tan necesaria regeneración de nuestras tradiciones cinematográficas y televisivas navideñas. El primero tiene que ver con una nueva concepción de la promoción espontánea: The Interview (Evan Goldberg y Seth Rogen, 2014), la película que confirma que entre Seth Rogen y James Franco hay algo más que una relación profesional cordial, vio su estreno cancelado a causa de un hackeo masivo a la productora, Sony, orquestado por el gobierno de Corea del Norte. La razón: la película bromea sobre el asesinato de Kim Jong-un. Sin embargo, en un definitivo envite tocapelotas, Sony ha estrenado la película online y ayer ya pudo verse en unos 200 cines de Estados Unidos. Mientras tanto, Corea del Norte ha sufrido ya fuertes caídas de la Red en lo que va de semana. Continuará, seguro. Pero la mejor noticia es la catalogación de The Interview como película de tradición navideña.

El otro acontecimiento se asienta sobre el éxito de una serie que adelanta las consecuencias de la alienación del hombre, supeditado a los condicionantes de las nuevas tecnologías. Black Mirror estrenaba el pasado 16 de diciembre en el Channel 4 británico su especial White Christmas: tres historias entrelazadas dentro de una espeluznante distopía digital que, como ya hiciera en sus dos temporadas precedentes, atenta contra la fragilidad de las emociones humanas. Claro, que en Navidad todo es más intenso. Pero reconozcámoslo, nos va la marcha. Y si esto se convierte en tradición, estas fechas ganarían mucho. ¿O no?

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