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Low Cost, High Quality Series #2: Polvos y lágrimas en pantalla

por Javier Moral.

Al bueno de Nacho Vigalondo no le ha hecho ningún bien arrimarse tanto a los incipientes agentes del posthumor. Open Windows celebra un diseño formal muy atractivo y original (que no pionero, si comparamos con una obra menor como es #RealMovie  -2013-, de Pablo Maqueda) que asfixia una trama instalada en una hipérbole narrativa percibida como un único y limítrofe gag de proporciones colosales – y que, lamentablemente, quiebra su mecanismo activador–. Gajes del abuso en la posproducción. No olvidemos que las arriesgadas propuestas de, por ejemplo, Carlo Padial (la semana pasada hablábamos de las nuevas posibilidades narrativas de una película en función de la variación sistemática de su montaje), no dejan de ser ensayos experimentales con un amplio margen para el error. Sin embargo, Vigalondo, todo un pope del cine independiente español, acaba de dar un traspiés cayendo sobre las espaldas de su propio éxito (pobre Enrique López Lavigne).

Dicho esto, lo más provechoso será acudir a lo fácil, a la anécdota morbosa que permita sacar algo de jugo: por mucho que lo intenta, Sasha Grey no termina de cuajar su carrera como actriz lejos de la bendita lacra del porno. Aunque Vigalondo asegura que escribió el papel pensando en Megan Fox, ya fuera por su posterior dirección de actores, ya por la incapacidad de la Grey para encarnar emociones que no sugirieran una ambigüedad poco oportuna, los gestos de la moza, incluso en los momentos de mayor tensión, parecen aventurar el tenso arranque de un gonzo de género rape.

El hecho de que esta premisa sea inducida en todo momento a través de la pantalla de un ordenador, establece una conexión evidente: por comparativa, si el intencionado caos estructural de Taller Capuchoc cobraba sentido, según la crítica Desirée de Fez, desde el punto de vista organizativo de la libreta de notas de un escritor, Open Windows funciona en ese mismo sentido como el monitor de un aficionado al porno (por Internet, huelga decir). Las ventanas que no estén apelotonadas a lo largo y ancho de los píxeles iluminados formarán una heterodoxa colección de marranadas minimizadas en la barra de tareas. Y aunque el director cántabro terminara decantándose por “la Kobe Bryant del cine porno” por una mera cuestión de morbo promocional, probablemente no fuera consciente de esta insana alegoría; en cambio, ya se habrá percatado de ello Elisa Victoria, la descarada autora de Porn & Pains (publicado por la editorial Esto no es Berlín), una estimulante colección de relatos que enfrentan pasión y dolor, tomando como base la explicitud sexual en la era digital.

Sevillana, osada, guerrera, libidinosa, humilde, desprejuiciada, compleja, de gusto erótico exquisito y adicta a los autorretratos de mirada esquiva, Elisa Victoria demuestra una erudición inaudita en una materia tan privativa del varón heterosexual. Y aunque a priori pudiera parecer sospechosa de contrastar toda esa información que Wikipedia (o Boobpedia) ofrece alegremente, la lectura de su libro la exime de toda culpa; en el detalle está su sensibilidad, la prueba de su fino artificio y de su insondable conocimiento del asunto que le ocupa –y de su adecuada terminología pop–. Su mejor arma es su delito más grave: amar a las mujeres por encima del bien y del mal, lo que le permite emparentar experiencias traumáticas de su corta, pero prolífica vida sexual (no cumple aún los treinta), con memorables y placenteras pajas, bajo el hilo conductor de las grandes –y no tan grandes– divas del cine para adultos (desde la metamorfoseada Carmella Bing, a la malograda Haley Paige, pasando por la complaciente Phonix Marie). Así, revela cómo el hedor del sexo de las actrices más cochinas emanaba de aquellas pécoras que le arrebataron la inocencia, mientras que aquellas que se dejaban encular con un “gracias” y una sonrisa ilustran los episodios de carestía más entrañables.

Dicen que “quien bien te quiere, te hará llorar” y Elisa Victoria lo sabe mejor que nadie. O, al menos, así lo transmite a pelo, sin pudor ni moralinas, en sus melindrosos párrafos. Unas palpitaciones tan intensas como patéticas –y a veces maniqueas– de una pequeña víbora quejumbrosa y despechada, pero optimista y de buen corazón, que en la observación atenta del objeto de deseo ha encontrado su sino, la innegable capacidad para dibujar unos perfiles de aúpa. Con la misma naturalidad con la que echa pestes sobre la flamante estética de Rebeca Linares como precoz milf de la industria por la vía del chonismo, encumbra la virtud del felpudo en calidad de velo proveedor de esa magia que un rasurado ha perdido, o relata su impulso voyeur callejero de una tarde de verano, confiesa sus llantos más amargos, sus negligencias en todo un surtido de géneros, perversiones y parafilias, el asco que le provoca el desmadre de las despedidas de soltera o su sincera reacción ante lo aquí inevitable: que las actrices X, esas musas veintiunescas del clic frenético, el volumen atenuado y el clínex a mano, se hacen mayores (más allá de lo recomendable y permisible para una milf) y/o mueren.

Y es precisamente en este punto donde reside la auténtica razón de ser de Porn & Pains. No tanto en la búsqueda de la redención por parte de Elisa como en su diestra reflexión sobre la belleza como imprescindible y efímero componente sine qua non de un mundo que, por contra, cada día se siente más nauseabundo. Pese a la lírica que cunde en sus fugaces crónicas de página y media, Elisa se pone estupenda y huye de la mansedumbre con un all in psicosomático que nunca se esfuerza en ocultar cuándo el horcate le chorrea a base de bien. Entonces ha de hallar consuelo en la red. Porque el cine es un medio capaz de otorgar cualquier tipo de placer. Y el porno, su mejor señuelo.

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