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Low Cost, High Quality Series #4: El poder de la mente

por Javier Moral

Puede que tengan razón, pero qué cansinas son esas letanías abanderadas del rancio optimismo (y muchas veces en boca del que no tiene problemas) que considera que la actual crisis económica es la excusa perfecta para hablar de oportunidades. Algunos lo llaman reciclaje, otros, ampliar horizontes, dependiendo del grado de desesperación. Y es cierto que en determinados ámbitos, como los de la cultura y el arte, tales enunciados tienen hoy bastante sentido. Se han acogido a una fórmula de bajo presupuesto que prepondera las ideas sobre la capacidad razonable de producción. En esta línea pragmática se mueve la acción del colectivo Canódromo Abandonado; no tan basada en la multidisciplinariedad como en la sobriedad como concepto original de una imaginería sesuda, pero plausible.

No se aprecia intención sediciosa, pero sí mucha diatriba psicosocial en los entresijos de un voluntarioso proyecto surgido en tiempos de vacas flacas. Julián Génisson, Lorena Iglesias y Aaron Rux son comediantes migratorios que han alternado dispares ecosistemas de creación, desde el stand up hasta el videoarte. En su inspirador periplo quizá más forzado que buscado, han tenido tiempo para forjar, pese a su aún limitado público, una arquitectura estética e ideológica que ellos mismos definieron como “el Internet de los pobres”: hermenéutica de andar por casa, solipsismo y leche con galletas, sesiones gratuitas de verborrea conductista en pijama y pantuflas por banda ancha. Quien no se pueda permitir un periódico a diario, pero sí un ADSL estándar, se ilustrará con más provecho y mejor rollo.

Y es que Canódromo no conoce el pudor. Aunque tampoco rechaza el histrión. Gusta de desnudarse entre amigos (en realidad, como todos los anteriores protagonistas de esta serie veraniega de artículos): su higiénico blog, su curtido canal de Youtube y el uso apabullante (y comecocos) que hace de las redes sociales, no solo disponen su baza en el panorama cooltural, sino que entroncan estructuralmente con la filosofía obsesiva de sus videoensayos: así, piezas como el ocurrente “Tutorial para jóvenes poetas”, la analítica “Versión karaoke de la vida” (que teoriza sobre el infravalorado sentido de The Room – Tomy Wisseau, 2003) o la paranoia titulada “Ser es gratis”, disponen intrincadas e insólitas tesis metafísicas, sin descuidar su función de entretenimiento al asumir los, no por indefinidos menos reconocibles, códigos del posthumor.

El pasado mes de abril, el Atlántida Film Fest de Filmin estrenaba el primer contacto del trío con la dirección cinematográfica, La tumba de Bruce Lee (2013), cinta que fuera promocionada como pionera de la bruceploitation para cosechar una digna marca en Verkami. Aunque se pegaron un buen paseo por Seattle y no había rastro alguno de artes marciales, lo cierto es que los Canódromo no estafaron a sus mecenas: con la mentira como motor de un discurso hostil decorado con entrenamientos fútiles, somantas de escupitajos y choques de cerebros abstrusos, la terna pensante, enfundada en vestidos, camisas y polos demodé, desplegaba una rutina de viajes iniciáticos y crisis de pareja a partir de un gran puñado de pajas mentales. Pero detrás de las vicisitudes espontáneas, estaba el motivo real que las hizo posibles, la optimización curricular de una trabajadora precaria.

Porque la precariedad que dibuja el marco de trabajo online de Canódromo Abandonado constituye a la vez su ofuscación más elemental (la webserie Pampini, creada y dirigida por Lorena Iglesias, es un buen ejemplo de ello). Hace poco se preguntaban en su tumblr si lo único que prevalece tras la muerte del ser humano, lo más puro de su esencia, sería el DNI. La alienación, como la precariedad o el prejuicio de la cualificación profesional, no son solo pautas de transición en la sociedad moderna. Canódromo cede a ellas; ha de asociarse para crecer y, paradójicamente, ser cada vez más libre. La ausencia de orden o jerarquías en su no-empresa no implica el caos, incluso por separado funcionan tanto o mejor que juntos. Dentro del amplio abanico colaborativo que han desarrollado dentro del sector audiovisual, destaca un trabajo, por esta significación individual de las tres partes de un todo compaginado: Cabás (2012), el debut en la dirección de largometrajes de Pablo Hernando, aunaba la circunspección expositiva de Julián, la catarsis ejecutora de Lorena y la expedición sensorial de la música de Aaron.

Ahora dicen que hacen teatro, nada menos. Se han juntado con Juan Cavestany, personificación de la chaladura matemática, auténtica e incorruptible (y director de una de las mejores películas españolas del año pasado, Gente en sitios –2013) y todos los jueves y viernes de este mes de agosto representan en el Teatro del Barrio de Madrid Tres en coma. Castigado sin cuerpo, una suerte de performance con proyecciones audiovisuales y música en directo. Y, una vez más, el trabajo de Canódromo Abandonado incluye moraleja.

La fusión de tanto seso rallado deviene en la gestión acelerada de una risa inmortal. Una trama sobre un comatoso que aprende a contar chistes en morse desde el más allá a través del monitor que registra sus constantes vitales ya se antoja muy jugosa. Y tanto que lo es: Tres en coma reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre la fugacidad del éxito y/o la fama, sobre el escepticismo y la confianza del hombre, pero, por encima de todo, sobre la evolución lógica del humor. Como ocurre en la mayoría de los vídeos de Canódromo, la aplicación informática “Loquendo” se descubre como un instrumento expresivo imprescindible para la configuración formal de la risa, a través del tono más concretamente (algo que ha funcionado desde el mismo Chiquito de la Calzada, hasta modelos recientes y extremos como Loulogio o Querido Antonio), para ofrecer una didáctica cronología: partiendo del chascarrilo zafio y escatológico, continúa con el chiste costumbrista para terminar instalándose, a través del absurdo y el gag inteligente, en la senda del posthumor. Así es y será Canódromo Abandonado, instruyendo y deleitando hasta el fin de sus días. O de los del humor.

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