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Low Cost, High Quality Series #5: El alivio de la rúbrica

por Javier Moral

Pese a haber decidido cerrar esta serie veraniega en el cuarto artículo, tras el reciente parón vacacional en la sección no he podido evitar volver a retomar la escritura sin ampliar forzosamente estas Low Cost, High Quality Series con una quinta y –ahora sí– definitiva entrega. El motivo: la programación pre-Donosti del pase de prensa de Magical Girl, la segunda y esperadísima película de Carlos Vermut.

Cuatro tebeos publicados y otros tantos cortometrajes han configurado un estilema basado en la vuelta de tuerca final –en esa imprevisibilidad de lo teóricamente previsible de sus viñetas– y en el diseño de un sentido del humor esquinado, pero compatible con los escenarios más insólitos de la ciencia-ficción; Vermut adquiría hace ya dos años y de manera instantánea la etiqueta de director de culto con su inclasificable debut en el largo, Diamond Flash (2011). Sin embargo, la industria le daba la espalda a una de las mejores películas españolas del año (según gran parte de la crítica especializada), quedando relegada a la exhibición en VOD y formato doméstico. Aún así, el cineasta no veía la traba: “lo que sentía era la urgencia por ofrecer la película ya, me daba por saco la espera. Al final, lo del estreno en cines no es tan importante, tener una película en tres salas una semana y que no se entere nadie…”. Y razón no le faltaba, como confirmaría el record de visionados que alcanzó en Filmin.

El pasado jueves 4 de septiembre, un puñado de afortunados pudimos asistir al pase de prensa de Magical Girl en Madrid, incluso antes de su estreno mundial en Toronto y de su concurso en la 62ª edición del Festival de San Sebastián (en España se estrena en cines el próximo 17 de octubre). Ya se sabe lo que ocurre cuando las expectativas son muy grandes, incluso demasiado dilatadas cuando están avaladas por nombres como el de Nacho Vigalondo (al que, por cierto, Vermut ha terminado de sustituir como nuevo gurú de la comedia de ciencia-ficción patria): que… no tienen por qué decepcionar. La prueba de que el que la sigue, la consigue. Las productoras primero, y los exhibidores después, no quisieron saber nada de Diamond Flash. Magical Girl no solo ha supuesto la segunda oportunidad de Vermut a la industria, sino la multiplicación de las voces que exigen su reconocimiento. Ya era hora de dejar de hacer bocatas para todos.

Lo que comprobamos en aquella sala de los cines Golem (mientras algún desconsiderado se echaba una cabezadita a deshora) no nos pillaba del todo por sorpresa: el cruce de historias anónimas y cotidianas, la cruel y estricta dosificación de datos, los obligados cabos sueltos, la nebulosidad ideal, incluso el aforismo redundante como colofón. Y aunque las semejanzas con la ópera prima de Vermut eran tan palmarias como sus diferencias, estas solo se advertían como disyuntivas formales para emplatar un exacto y eficaz discurso: las mujeres también sufren, pero ahora disponen de hombres sobre los que depositar un dolor protagonista que no especula tanto en el terreno psicológico (lo que no implica un desecho de las elipsis y el fuera de campo), sino que fluye en diferentes estratos de explicitud; aquella desafiante burbuja críptica hoy es solo una pompita cuyo color tarantiniano se ha difuminado –salvo la fragmentación de la traca final, el resto del metraje se acerca en esta ocasión mucho a más a Almodóvar, por ejemplo– trocando su disposición verbosa en un gag malacostumbrado a empantanarse en el repunte dramático (otro que puede presumir de coquetear mucho y bien con el posthumor).

La contextualización en la actual crisis económica desnuda el relato y su limpieza formal permite imaginar la acción del genio en la tramoya. Carlos Vermut afila su lápiz tanto como rehabilita su dieta cinéfaga en cada guión que escribe. Se ha descubierto como un gran identificador y corrector de sus propias debilidades. Enriquece los caracteres, redondea guiones. Y es que aquellos microrrelatos recogidos en el delicioso cómic Historias caleidoscópicas, no solo adornaban la edición en DVD de Diamond Flash, también subrayaban la enorme cantidad de flecos que la película dejaba sin pespuntar. Al margen de su intencionalidad –que seguro, la había–, Magical Girl es una cinta más comercial –aún dentro de su economía productiva–, pero lo disimula muy bien. Solo porque en el batiburrillo que acumulan tres capítulos perpetrados por otros tantos dead man/woman walking, con el pretexto del subgénero anime donde antes había uno superheroico, se contiene una extraordinaria lección académica de ritmo narrativo, suspense y eclecticismo cinéfilo.

De Manolo Caracol a un infausto puticlub parafílico, el descubrimiento primero horroriza, más tarde sobrecoge, para finalmente generar prisa y ansia por el resarcimiento. Que esta vez Vermut se ofrezca asequible a todos los públicos (con estómago fuerte), no implica una renuncia a la complejidad. Se trata de una mera cuestión de progreso conceptual y no de traición ideológica. El madrileño parece haber centrado su esfuerzo en tamizar las juntas de su collage de géneros; en pulir la alquimia entre personajes sobre el papel, sabiendo trasplantarlo a sus intérpretes : los arquetipos Disney que él mismo reconoce se han sometido al furor de ese “sacristanismo” cool que hoy coletea en nuestro cine más alternativo (sin desmerecer a los Bermejo, Lennie y Pollán); y, sobre todo, en cristalizar la correspondencia entre dirección y montaje, hasta el punto de conseguir una asepsia visual tan calculada que punza en el ojo hasta casi hacerlo sangrar.

Pues no. Ni a giallo, ni a mumblecore ni a underground; Magical Girl y todas sus licencias (poéticas, como el ritual de acicalamiento del que busca venganza) huelen a premios. Y como bien sabe el amigo Vermut, la matemática puede ser derrotada por el corazón. Por eso Bárbara, aún mágica, es tan frágil y dependiente como para asumir la tortura. Por eso, si pudiera, Luis elegiría superpoderes que facilitasen una huida. Por eso Damián claudica a su sino. Por eso el sufrimiento y la condena de por vida son tan serios que, hasta por exceso, Canódromo Abandonado puede quedar cerca. Por eso no se debe hablar de serendipia ni ya apenas de low cost, sino de talento. Por eso quizá esté cerca el momento en el que la firma de Vermut sea algo más que una moda.

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