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Talent Saw

por Javier Moral

El verano se acaba y las oficinas vuelven a llenarse de curritos depresivos, pero, ¡oh, sorpresa!, ya no hay tantos anuncios de coleccionables por fascículos en la tele. En su lugar, las cadenas generalistas, además de pelearse por darle bola al moderno de Pedro Sánchez para que crea que araña intención de voto, bombardean con casinas autopromos de las nuevas temporadas…de sus talent shows.

La fragmentación de la audiencia gracias a la ventana digital no disuade al espectador de alimentar el share de Top Chef, Pequeños gigantes o Tu cara me suena mini. Son formatos redundantes, pero encima se han empeñado en seguir explotando la participación infantil como reclamo de muy dudosa ética. Entre el petardeo y las estrategias de audiencia que obtienen su esperada réplica en las redes sociales (no se pierdan a Carlos, el cocinero ego-cool de Topchef) y la falta de escrúpulos, estos programas familiares portan un envoltorio diferente para colarnos, una vez más, esa telebasura que tan rica nos sabe. Y habría que hacer algo. Por ejemplo, acordarse y tomar ejemplo del difunto cineasta Iván Zulueta.

No se pongan nerviosos. Es bastante razonable que podamos considerar a nuestro gran director maldito como el breve, pero diestro profeta del panorama audiovisual del siglo XXI. En 2010 se cumplían 30 años del estreno de Arrebato (1979), la cinta de culto por antonomasia del cine español. Tras su estética hipnótica y su relato esquizofrénico se escondía una interesante reflexión sobre el cine como personaje de su propias historias, a través del proceso de fagocitado del realizador/consumidor. La “capacidad vampírica del cine” como medio, convinieron en llamarlo muchos críticos de la época. Y va camino de la década que el vampirismo se apalancó en el cine y la televisión. Este sería su segundo y último acierto.

Aunque, con lo que no contaba Zulueta era con la permuta de aquel discurso intelectual por una pegajosa y machacona pornografía teen. Un ejemplo reciente: la serie True Blood acaba de echar el cierre tras siete temporadas de agonía narrativa y el único recuerdo interesante que cabría la pena guardar, obviando su preciosismo visual, es el de la casual analogía entre los líderes naturales que emergen del pueblo: nuestro Pablo Iglesias en oposición a su Sam Merlotte; al margen de su ideología ambos parecen políticos de buenas intenciones, que anteponen el bienestar social al trapicheo institucional y capaces de generar toda una revolución anímica en torno a su persona. Claro, que Merlotte se ha descubierto como un consumado follarín a lo largo de siete prolíficos años, e Iglesias…quién sabe. Pero eso ya es otra historia.

No nos dispersemos más. Diez años antes de la producción de Arrebato, nuestro paupérrimo y reprimido país celebraba por segundo año consecutivo la victoria en el Festival de Eurovisión, cuando se podía hablar de concurso y no de proclama freak de rancio regusto queer. No se recordaba por estos lares una euforia mayor desde aquellas cinco Copas de Europa del tirón del Madrid de Gento y Di Stéfano (el otro sedante eficaz para el pueblo, junto con los toros). Entonces, nuestro Zulueta le echó pelotas para revelarse como el yang de ese yin, con Un, dos, tres… al escondite inglés (1969), la que se podría considerar como la primera spoof movie de la Historia del cine (firmada por su compinche José Luis Borau, por cuestiones legales). Primera y certera diana.

La creación junto a Pedro Olea de aquel atropello underground catódico titulado Último grito, alentó a Zulueta a pergeñar un largometraje de diseño conceptual psicodélico y vanguardista que hoy cualquiera diría que habría inspirado al Russ Meyer de El valle de los placeres (Beyond the Valley of the Dolls, 1970): se hizo pasar por el Richard Lester español, no solo para ridiculizar los tejemanejes del gran talent de la época (la réplica de Eurovisión, Mundocanal), sino para regalar al narcotizado público un registro documental del panorama musical nacional de finales de los 60, más allá del coñazo de Massieles y Salomés. La trama improvisada, los bluffs visuales, el uso anárquico del raccord y la presencia de una versión fiestera, socarrona y hipster de Antonio Drove, José María Íñigo o Patty Shepard, entre otros, descolocaban en la misma proporción que seducían, orientando al incauto espectador hacia una nueva educación músico-cinéfila.

El visionario y drogadizo guipuzcoano, entregado a una ecléctica carrera artística, también predijo el ademán pop de Winterbottom, adelantando su disertación sobre la influencia británica, plúmbeo e ineludible germen naif (censura mediante) de la posterior Movida madrileña. Bajo este precepto, los dispersos protagonistas de Un, dos, tres… al escondite inglés se autoerigían defensores de la dignidad y la calidad musical, erradicando del mapa de la canción aquellos grupos dispuestos a interpretar lo que consideraban una bazofia en mayúsculas. Desde Los buenos a The End, pasando por Fórmula V, todos recibían lo suyo vía slapstick, en forma de explosiones, intoxicaciones o puñaladas traperas (literalmente). Que se preparen ahora los programadores de las cadenas privadas: en el fondo, se trataba de un divertido alegato a favor de la conciencia crítica, el buen gusto artístico y el criterio por encima de la moda… ¿o no era así?

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