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Vaiana: coeducación, del aula a Disney

por Carlos Benedicto.

Hace ya mucho tiempo que damos por hecho –exceptuando sectores de ideologías más radicales- la realidad de la escuela mixta. Chicos y chicas tienen un mismo espacio y, en teoría y por definición, las mismas circunstancias, con los mismos retos y las mismas oportunidades. Todo esto, en pugna constante con sectores machistas y retrógrados de la sociedad, nada minoritarios, solo hace falta ver las últimas tendencias en las letras del reggaetón. La escuela se convierte en la defensora de los valores igualitarios, enfrentada a lo que los chavales escuchan y ven.

En los tiempos que corren hemos de dar, como sociedad, un paso mayor, pues de otra forma nos estaríamos estancando. La propuesta desde sectores más en la vanguardia de la educación –ojalá pudiera decir de la gran masa de colegios e institutos- es promover un ambiente de inclusión real, una convivencia en la que cada individuo pueda mostrarse como es, de interpretar su propio yo desde la libertad. Y digo libertad en todas sus caras: vivencias, gustos, sexualidad, visión del presente y del futuro… en definitiva, promover seres humanos íntegros y cívicos, que ejerzan su responsabilidad democrática en su entorno de una forma justa y comprometida.

Hablamos de educación, pero tal y como está la sociedad, debería considerarse como un reto común, en conjunto con todos los estratos y capas de la sociedad. Si este enfoque se adopta de forma realista y desde la credibilidad, anularíamos papeles sexistas y discriminatorios que han imperado y, por desgracia, siguen haciéndolo a día de hoy. Tenemos que caminar hacia la consecución de los mismos derechos y oportunidades, eliminando juicios morales y valores prefijados. Y, ante todo, como premisa fundamental, erradicar las actitudes y comentarios denigrantes hacia el género femenino. Rechazo absoluto a cualquier apología de lo ya mencionado.

Disney, en este sentido, se ha puesto las pilas –ya era hora, que tanta princesita típica aburre. Ya encontramos precursoras; por ejemplo, en Frozen, pero aquí se borda más el concepto de protagonista femenina, una chica que, desoyendo prohibiciones paternas y coyunturales enmarcadas en lo social, se lanza a los confines del océano atraída por la esencia del mar que la invoca, con todas las connotaciones e implicaciones añadidas.

De hecho, en el filme que nos concierne, no era nuestra protagonista la designada para tal designio, sino Maui, semidios autóctono al que alguien, acertadamente, decidió hacer secundario. Bendito viaje de los directores a las islas que les servirían de inspiración, pues la localización y las historias reales les cambiaron la perspectiva; en sus propias palabras, se dieron cuenta de que su punto de vista ‘estaba demasiado estereotipado y cambió totalmente a la vuelta de ese viaje’.

Moana –que finalmente llega a España con el título Vaiana por líos de marcas registradas- es una joya, pero no tan brillante para mi gusto como la pintaban, pues tiene demasiadas reminiscencias a otras películas anteriores (Hércules, Lilo y Stich…), algo que le quita originalidad. Aun así, es digna de ver y disfrutar.

Es además esperanzador ver que Disney se anima cada vez más a presentar personajes femeninos valientes, fuertes y carismáticos. Parece que es estamos ante el fin de la constante propuesta de féminas débiles a la espera de su galante varón, modelos perpetuados que empapaban el subconsciente de las niñas de muchas generaciones de nociones como espera, salvación, indefensión…

No queremos ya más damas en apuros, ya hemos tenido demasiadas. Esta historia es una de dignidad, valor y fuerza narrativa. De hecho, los directores se atreven a dibujar, tras eliminar la trama amorosa, un carisma independiente y sin necesidad de un romance a la antigua usanza.

Por fin Disney se ha tomado en serio considerar ambos sexos desde la plena igualdad. Por fin sus personajes empiezan a reconocerse mutuamente en sus películas como individuos diversos, con un sinfín de singularidades y posibilidades. Que siga así.

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