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Vivir es fácil con los ojos cerrados

por Carlos Benedicto.

¿Puede un hombre humilde llegar a inspirar a sus alumnos y a la sociedad? La respuesta en un sí rotundo; con pasión y convicción. La película de David Trueba no solo desarrolla esta realidad, ahondando en este concepto, sino que intenta dar luz a una época oscura: el franquismo. A pesar de que la filmografía del director es diversa y variada, no hay duda de que emana compromiso y que cuenta historias grandes en todas sus dimensiones, moral e incluso políticamente hablando. Ambientada en los años sesenta, profundizamos en un pasado relativamente reciente de nuestro país con responsabilidad, compromiso y belleza.

Una revolución, la que sea, no surge de la nada, sino del individuo como germen. Como dato curioso del que casi parte todo el filme y se erige como eje transversal, allá por año 1966, John Lenon aterriza en Almería tras un viaje personal de cambio y transformación para rodar una película.  A todo esto, Antonio (Javier Cámara), gran protagonista de la película y fan incondicional de la banda a la que pertenece el cantante, usa sus canciones para amenizar unas humildes clases de inglés en un colegio de Albacete –de ahí mismo es su pronunciación. No perderá esta oportunidad de tener a su ídolo cerca, iniciando un viaje para conocerlo y realizar una peculiar petición. Creo que gente como él, la generación que representa, son héroes sin nombre; una sutil y poderosa metáfora  de la regeneración democrática, tránsito fundamental en la trayectoria de nuestro país, de los cimientos de nuestro presente actual.

En este devenir, se topa con Belén (Natalia de Molina) quien, huyendo de un sometimiento familiar, trata de olvidar su historial, un pesado fardo que la acompaña. Posteriormente, se suma a este tándem Juanjo (Francesc Colomer), adolescente en pleno apogeo de rebeldía enfrentado a su entorno. En el fondo, son todos inmigrantes de su propia realidad, barcos a la deriva en busca de puertos tolerantes en una sociedad hostil. 

Este es su nexo, si bien sus circunstancias particulares aparentan muy distantes, sin serlo. Los tres inocentes, indefensos, errantes, perdidos, en plena lucha vital contra un ‘estado’ opresor. Con este caldo de cultivo, contraste de matices, nos encontramos con una historia preciosa, una búsqueda del yo frente a un titán que trata de castrar su libertad, sus posibilidades y potenciales. Por desgracia, podría haberse ambientado en la actualidad, pues la mente humana, con sus contradicciones y prejuicios, evoluciona de forma muy lenta.

A primera vista, puede no calar, puede incluso parecer, por su sencillez, superficial, simple e intranscendente. Sin embargo, es precisamente esa premisa la que para mi gusto la hace grande. La inmediatez de los detalles confiere en muchas ocasiones luz y calidez a un hilo narrativo; este es uno de estos casos. Esa facilidad en la narración es justo lo que la aporta valentía y un cierto grado de melancolía ante la época que ilustra.

Cuenta valores éticos y sociales enraizados en la educación de la clase media. Libertad versus cerrazón en tiempos de oscurantismo dictatorial de fondo; esa es una esencia que no pasa de moda, que nunca está de más, que siempre debemos trabajar, más aún en el cine como herramienta didáctica y de reflexión. Si a esto le unimos unos actores estupendos y una acertada banda sonora, la película logra su propósito.

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