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Zootrópolis: El racismo en el aula

por Carlos Benedicto.

Cadena de pensamientos. Fue ver la película de animación de Disney y pensar en cualquiera de mis clases de secundaria. Automáticamente me vino a la cabeza el término ‘racismo’ y, de la misma forma, me acordé de algunas charlas de la ONG “Movimiento contra la Intolerancia” que, de forma altruista, vinieron a ilustrar el poliedro de la intolerancia de forma global, con ejemplos fabulosos de las aulas españolas y de la sociedad actual en general. Ojalá todos los docentes y centros integraran la intolerancia dentro de sus planes de formación, pues por algo se debe comenzar, al margen de predicar con el ejemplo, cosa que no siempre ocurre.

Es cierto, la película habla de una cuidad, no de una clase, pero ¿qué son ambas realidades sino una amalgama de variedades e identidades? Además, en la película, como en el mundo –más aún en la adolescencia en colegios e institutos- la vida se resume en dos categorías simples y básicas –no por ello menos poderosas o definitorias: presas y depredadores.

En pleno debate sobre términos como integración o inclusión en el aula (si os animáis y os interesa, ved mi artículo sobre la película Buscando a Dory), siento comunicar algo de una manera algo tajante: los alumnos no son tolerantes; pero cuidado, los adultos tampoco lo somos por regla general. Si bien es cierto que la mayor discriminación la sufren los colectivos marroquíes y de etnia gitana, no es un estigma únicamente presente en estos grupos. Los apelativos peyorativos abundan y a todos nos vienen a la cabeza términos como ‘moro’, ‘sudaca’, ‘panchito’… Y, por desgracia, la lista sería inmensa. Eso sí, no los hallamos cuando hablamos de franceses o daneses, dato curioso de las percepciones limitadas y sesgadas de los prejuicios humanos.

La realidad siempre es lo que nosotros deseamos ver. La cuidad de Zootrópolis y cualquier aula de un barrio con diversidad, igual. Se vende la ciudad y el alumnado español como entes acogedores que valoran y dan la bienvenida a la diferencia. En apariencia lo son, pero cuando escarbas se observa que no es oro todo lo que reluce. Tengo suerte, puedo decir con orgullo que en mis clases –por la diversidad de alumnado y familias- los chavales son mucho más tolerantes que la media, que otros menos expuestos a convivir con una realidad variopinta. Esta realidad no es, como algunas mentes clasistas denominan, una debilidad de un centro; al revés, es una oportunidad de ósmosis colectiva e individual, una excelente ruta para empaparse y prepararse para el mundo. En Zootrópilis conviven desde los seres más pequeños e inofensivos hasta los más grandes y agresivos, en aparente armonía. Eso debe ser el aula y, por ende, la sociedad.

Un inciso. Hablo del racismo por centrar el enfoque del artículo, si bien podría hablar de multitud de facetas de la intolerancia: xenofobia –que no es lo mismo-, homofobia, islamofobia… Sigamos. Por supuesto que debemos exterminar los prejuicios –sí, sería el objetivo final y utópico; no obstante, hasta conseguirlo, basta con respetar. Respetar no es compartir, es asumir que lo bueno para mí puede no serlo para el de al lado. Esa es mi máxima como docente, siendo mi lema: ‘si no te gusta lo que hace el de al lado y no te afecta, te aguantas’.

Datos del Observatorio Estatal de Convivencia Escolar revelan un grado de intolerancia demasiado alto (me gustaría compararlos con hipotéticos estudios en Zootrópolis); como ejemplo, un 46% de los alumnos españoles no desean compartir tareas con otros latinoamericanos; ahora, si fueran europeos o estadounidenses estarían encantados. Lo ‘bueno’ es que esto no se traduce en violencia o actitudes agresivas de forma mayoritaria. En Zootrópolis un zorro ayuda a una coneja, los herbívoros y carnívoros conviven en paz. Un aula debería ser exactamente igual. Las diferencias suman, no dividen.

No puedo evitar, cuando soy testigo de alguna actitud o comentario racista, reír por dentro y apiadarme de la incultura y falta de conocimientos del alumno, fruto casi siempre de la repetición de discursos erróneos escuchados en casa cuyo eco llega hasta el aula. El racismo no tiene justificación alguna, es un arma y pretexto para generar odio, rechazo o animadversión hacia el otro.. En Zootrópolis al final se entiende, ahora nos falta que los alumnos lo interioricen y trasladen al mundo…

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