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El feminismo en Warlock, el brujo

por Javier Quevedo Puchal.

Si algo aprendimos con el cine estadounidense de los 80 es que nada hay más elegante que un aparatoso cardado, nada más peligroso que un negro con chándal ni insulto más ofensivo que “marica” (o “faggot”, en su distinguida variante inglesa). Y sin embargo, parece que también aprendimos a ser mejores personas. O al menos, eso defiende la periodista Hadley Freeman en su entretenidísimo ensayo The Time Of My Life (Blackie Books, 2016). Lástima que la buena de Freeman observe el género de terror por encima del hombro y con la nariz tapada, pues desde aquí me gustaría decirle que también con él aprendimos a relativizar nuestra herencia machista y ser mejores personas. Si la Baby de Dirty Dancing nos enseñó que las mujeres también tienen impulsos sexuales, la Nancy de Pesadilla en Elm Street nos enseñó que además pueden ser de lo más valientes y resolutivas (que se lo digan al pobre de Johnny Depp, que acabó como acabó en el filme de Wes Craven).

Seguramente, muy pocos considerarían la película Warlock, el brujo como un exponente serio de feminismo en el cine de los 80. Hadley Freeman ni se lo plantearía, eso ya os lo digo yo. Admitámoslo: si la película de Steve Miner ha logrado trascender como cinta de culto, ha sido más bien por lo divertidísima que sigue siendo (y por el factor nostalgia, que siempre es una variante que tener en cuenta cuando hablamos de cine de aquella década).

Ya en su día, ciertos críticos consideraron que Warlock, el brujo era poco menos que una copia baratísima de Terminator: un misterioso hombre llega a la actualidad desde otro tiempo (en el caso que nos ocupa, desde 1691) persiguiendo a un enigmático «hombre» (un poderoso brujo, en nuestro caso) para evitar que acabe con la humanidad, y a tal fin se hace acompañar divinamente por una hermosa jamelga que vive en la actualidad (en ambas películas, una camarera, porque en los 80 todas las jóvenes que no estudiaban eran camareras y llevaban un boli tras la oreja).

Lo que esos críticos no comentaban es que la única finalidad de Sarah Connor en Terminator (en la uno, al menos) era enamorarse de/quedarse preñada de/ser protegida por el aguerrido empotrador del futuro a quien interpretaba Michael Biehn. ¿Qué otra cosa se puede esperar de una mujer en los 80, más que ser absolutamente pasiva y estar mona siempre? Sin embargo, en Warlock, el brujo, Kassandra-con-ka es demasiado moderna e independiente como para perpetuar estereotipos de género y convertirse en la coartada machista de nadie. Tiene cosas más importantes que hacer.

Antes de meternos en harina, justo es señalar que la auténtica pulsión transgresora de esta película no es mérito ni de su director ni de sus actores. Ellos la engrandecieron, sí, pero a quien debemos dar las gracias en primera instancia es a su guionista, D.T. Twohy, por resistirse a caer en los maniqueísmos de siempre. Para empezar, supo evitar la golosa tentación de convertir al villano en una mujer, cuando seguramente hubiese sido lo más obvio. Hasta los niños saben que los tres papeles a los que se ha relegado a las mujeres desde siempre son puta, virgen o bruja. De hecho, en una escena de la película se nos subraya este hecho cuando el personaje interpretado por Julian Sands se encuentra con un niño, el cual se muestra escéptico al saber que ese señor de negro con coleta es un brujo. «No puede ser: las brujas son mujeres», le dice el niño riéndose. Pero Twohy sabe que no solo las mujeres pueden ser brujas.

Gracias a esta jugada, Julian Sands dio vida a uno de los villanos más memorables y magnéticos de la serie B de los 80. No me cabe duda de que la mayoría de los seguidores de Warlock, el brujo, recuerdan la película sobre todo por este personaje… o como mucho, por Giles Redferne, a menudo visto erróneamente como el verdadero protagonista tan solo por encajar mejor en lo que el imaginario colectivo entiende por «héroe»: fuerte, valiente, tenaz y, cómo no, hombre.

Sin embargo, el papel más complejo y transgresor de la función lo tiene precisamente Lori Singer, a quien tampoco me cabe duda de que muchos solo ven como «la chica de la peli». Y resulta irónico y tremendamente injusto que la vean así, dado que su Kassandra-con-ka es casi lo opuesto a la típica chica de la peli.

Para empezar, en ningún momento se limita a ser la coartada romántica de nadie. Cuando la conocemos, el único hombre que parece haber en su vida es su casero gay («not queer», puntualiza ella, que sin ser tampoco una mariliendre al uso, está muy al día de la terminología LGTBI). No existe la menor nota a pie de página sobre la vida sentimental/sexual de Kassandra. No hay novios ni exnovios a la vista. Ni siquiera se muestra muy interesada por Warlock cuando aparece en su casa, pese a tener el indudable atractivo físico de Julian Sands. No hay coqueteos ni contoneos de caderas por parte de ella: de hecho, lo toma por un borracho y lo trata con bastante condescendencia. Y sí, llegados a un punto de la película, resulta evidente que ha surgido una atracción entre ella y Redferne, pero el hecho es que jamás llega a concretizarse, pues incluso el beso final es ingeniosamente frustrado.

Podríamos decir que durante toda la película ambos héroes (sí, urge que empecemos a hablar de Kassandra en términos de heroína) mantienen una relación más bien de iguales, de socios, de compañeros de viaje que se ayudan mutuamente. No hay una clara inferioridad de uno respecto al otro. Sin duda, Redferne es quien sabe sobre brujería y cómo combatirla, pero la que tiene los conocimientos y picaresca necesarios para moverse adecuadamente en el mundo moderno es Kassandra. Es más, Redferne llega a hacer algo impensable en la mayoría de películas de este corte: pedir explícitamente ayuda a Kassandra (¡a una mujer!) para cumplir su cometido.

En 2016, se aplaudió (y atacó) el sano feminismo de Mad Max: Furia en la carretera, pero treinta años antes ya habíamos tenido una película de género donde dos héroes de sexos opuestos se ayudaban mutuamente en una relación solidaria, de igualdad, casi de hermandad, sin avergonzarse y sin caer en forzadas coartadas románticas. Kassandra no es ninguna “damisela en peligro”, y si el propio Redferne le dice lo que hay que hacer para revertir la maldición de envejecimiento, es ella solita con su esfuerzo (y con un físico de 60 años, para mayor mérito) quien logra quitarse dicha maldición de encima.

También podría verse cierta relación de solidaridad entre Warlock y la «falsa» médium, solo que esta vez con un humor negro de funestos resultados. A fin de cuentas, si ella lo ayuda a invocar a Zemial, él le enseña que realmente sí puede ser una médium de verdad, y no solo una farsante. Es como la otra (y tenebrosísima) cara de esta moneda.

Pero volviendo a Kassandra, hay más elementos que la convierten en un personaje atípico, autónomo, y que nada tienen que ver con su relación con los hombres. Si la prototípica chica de la peli es guapa, simplona y a ser posible bastante sexualizada, nuestra Kassandra resulta demasiado rara e imperfecta como para eso. Cierto que es guapa y está como un queso, pero las demás «irregularidades» que presenta la alejan por completo de lo que cabe esperar de una chica de peli al uso. Viste de forma ostensiblemente hortera incluso para los 80 (esas minifaldas y chaquetas plateadas…), es muy espabilada, conduce su propio coche, tiene un trabajo que le garantiza independencia, ha de pincharse insulina a diario por ser diabética, no se calla ni debajo del agua, comparte piso con un gay con más pluma que la gallina Caponata, el único hombre a quien persigue desesperadamente es Warlock (primero, por motivos personales; después, por motivos solidarios)… y tiene un sentido del humor ácido y arrollador. Porque esa es otra: aunque Redferne tiene sus momentos cómicos, el verdadero escape humorístico de la película lo ofrece Kassandra, apropiándose así de un papel que suelen desempeñar casi por inercia los hombres (Bill Murray en Los Cazafantasmas, sin ir más lejos).

Tal vez uno podría sospechar que la transgresión de este personaje no es más que un mero espejismo, como tantas otras veces ha ocurrido, y que en realidad se enmarca más bien en lo que el crítico Nathan Rabin dio en llamar la manic pixie dream girl, ese burbujeante personaje femenino aparentemente fuerte pero que en realidad solo tiene un destino en esta vida: ser la magnética chica de los sueños del protagonista. Pero yo insisto en que resulta altamente improbable que ningún friki haya tenido jamás a Kassandra como prototípica chica de sus sueños. Es demasiado rara (o cotidiana, que para el caso es lo mismo), es demasiado «problemática». Sus miedos se presentan en carne viva varias veces durante el metraje, y son como los tuyos y los míos. O como los de Redferne, tal y como nos recuerda la escena en que él grita horrorizado tras caer encima de su propio esqueleto. Pues con Kassandra, igual: tiene los mismos miedos cervales que cualquiera. Y cuando dice que odia hacerse vieja, no es porque tema que se le pase el arroz y no poder encontrar al hombre de su vida, casarse y ponerse a parir como una coneja: es porque, como afirma tras convertirse en una anciana decrépita que casi no se tiene en pie, «nada puede ser peor que esto». Enfermedad, vejez… ¡pinchazos de insulina! Demasiadas dosis de realidad como para ser la chica de los sueños de nadie.

Si la primera escena de la película nos mostraba a Redferne en el siglo XVI asegurándose de que Warlock no hiciera de las suyas, tiene toda la lógica del mundo que la última escena de la película nos muestre a Kassandra haciendo lo propio en el siglo XX. No en vano, es ella quien en realidad acaba con Warlock (de una forma muy ocurrente, además), lo cual la convierte de algún modo en «discípula» de Redferne. Ella acepta libremente la responsabilidad de evitar que el mundo vuelva a correr semejante peligro, y para ello toma cartas en el asunto. Se cierra así el círculo de esa dualidad protagónica, perfectamente equilibrada (y profundamente feminista, por tanto), que vemos durante toda la película.

Pero ojo, porque el viaje no ha cambiado a Kassandra más allá de sus nuevos conocimientos en demonología y brujería… vale, está bien: y de que viste mucho mejor que al principio. En esencia, sigue siendo la misma alma libre e independiente que conocimos al principio, la misma persona sin ataduras a nadie, y mucho menos a una figura masculina. Una vez enterrado en sal el Grand Grimoire, por tanto, ya solo queda Kassandra. Maravillosa y felizmente sola. Conduciendo su coche por las salinas de Bonneville como una loca, hasta perderse en el horizonte con un gozoso grito de amazona (grito que, irónicamente, fue silenciado en la versión doblada española, porque ya se sabe que la mujer honrada…).

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