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Sexo en Nueva York: el machismo viste con Louboutins

por Nuria Perea.

El productor Darren Star es muy importante para la generación de adictos a la tv de los 90. La generación que apoyó a Donna Martin para que se graduara en “Sensación de vivir”, descubrió lo hot que puede ser la maldad gracias a Heather Locklear-a.k.a Amanda Woodward- en Melrose Place y tres martinis y un montón de cigarrillos despuéssintió que las mujeres podían quemar de nuevo su sujetador con Sexo en Nueva York. Su última producción, retrató la vida de la treintañera urbana, independiente y empoderada- sí, antes de Beyonce- que enfundó su pata quebrada en unos manolospara liberarse del lastre de la mujer estereotipada y definir una identidad propia; un nuevo modelo de femineidad. O eso era lo que querían hacernos creer.

La serie de HBO nos contó con una libertad, inexistente en televisión hasta el momento, y solo posible en las cadenas de pago, las peripecias de cuatro amigas muy diferentes entre si, permitiéndonos -como pasaba con las Spice Girls- escoger a nuestro arquetipo favorito e involucrarnos con él. En lugar de la Pija, la Pelirroja, la Deportistas, la Negra y la Baby, la elección se movía entre la puta (Samantha), la conservadora (Charlotte), la desfemineizada cuasilesbiana (Miranda) y el modelo a seguir (Carrie), no muy guapa pero con una personalidad desarrollada y una superficialidad bastante desvergonzada. Punto a favor. Todas compartían éxito profesional, una sexualidad liberada y mucho amor por el ocio nocturno, atributos normalmente asignados a los hombres. Así, tras un primer vistazo pudo parecer que estábamos ante una comedia de corte y valores feministas emitiéndose en prime time. Pero antes de cantar victoria recordemos que era 1998 y Shonda Rhimes todavía no era portada del Times.

Como ejemplo claro del despropósito de este ensalzamiento de lo femenino, pongamos nuestros ojos sobre Miranda. Ella es una abogada de pelo corto, trajes de chaqueta, cínica y descreída, bien masculinizada, con los pies en la tierra y el éxito profesional como leitmotiv y a pesar de cualquier hombre. Hasta que conoce a Steve- su pareja más relevante-, un camarero muy familiar, sin ambiciones, ni preocupación por el status económico. Entre ellos existe la diferencia dada hasta el momento entre marido y mujer, solo que en sentido contrario. Cuando parece que estamos ante un golpe al modelo heteropatriarcal habitual, apoyado durante varias temporadas, los guionistas deciden que todo lo que ha vivido Miranda hasta entonces era una ilusión, que la verdadera felicidad y el sentido de su vida subyace en la familia y una vez más, como otras tantas mujeres en la historia de la humanidad, en sacrificarse por los demás. Porque olvidarse de la su profesión es los que siempre ha querido Miranda a pesar de las negaciones y esfuerzo, aunque la cara de Cynthia Nixon en una de sus últimas escenas nos diga todo lo contrario.

O Samantha, con quien nos damos de bruces con el entendimiento de la liberación sexual como el tópico del maricón.  El homosexual estereotipado, promiscuo y con una lengua similar a las drags de RuPaul, que pretende ser el ejemplo de que la emancipación consiste en contarle a cualquiera que quiera escucharlo cuál es nuestra preferencia en cuanto a depilación genital. Eso si, siempre en clave de humor lo que convierte el pesado tabú que aún nos persigue en chascarrillo.

El verdadero problema de Sexo en Nueva York reside en su falta de honestidad. Planteado como un producto aspiracional para mujeres- y no el guilty pleasure que en realidad fue-, con la promesa de que el papel de madre y esposa no es lo único que la sociedad tiene reservado para ellas, a no ser que así lo quisieran. Y sin embargo, garrapiñado de conversaciones continuamente centradas en los hombres; lo que esperan de ellos, cómo tienen que follar y lo horrible que es encadenar una relación tras otra, todo esto sin pelos en la lengua como mayor seña de que las mujeres de ahora pueden ser otra cosa. Y esa cosa no es más que el travestismo del paradigma femenino en masculino. Las mujeres pueden jugar a ser hombres, en la parte menos seria de la vida eso sí, pero deben estar siempre preparadas para inmolar su existencia anterior en cuanto llegue el príncipe azul.

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