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Melanie, the girl with all the gifts: zombis y adolescencia

por Carlos Benedicto.

Según la R.A.E., el término ‘zombi’ tiene dos acepciones: a) persona que se supone muerta y b) atontado, que se comporta como un autómata. Ambas comparten un hilo conductor común: tránsito, limbo y mutación. Metáfora del presente artículo: Igual que un no muerto se debate entre la vida y la decrepitud, un adolescente es una realidad a caballo entre la niñez y la madurez. En ambos casos, no son sino entes complejos y cambiantes; bastante tienen los pobres con lidiar con ellos mismos.

Melanie. The Girl With All The Gifts parte de la premisa de un futuro distópico en el que la humanidad se ve asolada por un hongo que, invadiendo el cerebro de la víctima cual yedra, convierte a sus portadores en ‘hambrientos’. Un grupo de científicos indagan e investigan con una remesa de la segunda generación de hambrientos; seres inconsistentes, mutantes, reflejos de una situación y un estado diferentes; no son zombis al uso, tampoco son humanos. El que vea el filme entenderá a qué me refiero.

Una constante: impulso versus control. Un zombie por definición no puede controlar sus impulsos. Un adolescente tampoco. En cualquiera de los casos, son marionetas de sus pulsiones y arranques. En la película, la culpa es de un hongo parásito que evoluciona hacia la simbiosis efectiva; en la vida real, se debe al ‘pavo’. Cualquier docente que haya tenido algún chaval/clase con una dosis elevada del mismo, sabe de lo que hablo.

Mis zombis del día a día –angelitos- son los más propensos a cometer imprudencias. En la película practican la autofagia – a eso no hemos llegado, demos tiempo- y la protagonista es fan –literalmente, en cuestión de dieta nutricional- de los gatos. Vale, los alumnos no te muerden ni quieren desgarrar tu carne y tus músculos –por ahora-, pero sienten una aplastante necesidad de decir ‘aquí estoy’, hasta un punto de enaltecimiento de la personalidad que resulta demoledor y agotador. A todo esto se le añaden las hormonas, que actúan en su sistema nervioso como un tanque en un páramo.

El archiconocido hongo ‘pavus maximus’ se caracteriza por ser altamente venenoso y contagioso, hasta el límite de ser el causante de pandemias colectivas. Lleva a los adolescentes a conductas impulsivas, no siendo éstos capaces de controlar sus instintos más primarios; les vuelve animales dominados por sus arranques, llegando a poner sus vidas en peligro -como los zombis que, sin reparo alguno, se entretienen mordiendo su propio brazo.

Estudios revelan que sus cerebros tienen mayor dificultad para frenar dichos impulsos en esta etapa del desarrollo en cuestión. Por dar términos científicos a esta ‘justificación’ conductual, los que tuvieron la genial de idea de usar a estas jóvenes cobayas, descubrieron que su corteza prefrontal ventromedial, región implicada en la función de contención, tenía mayor dificultad para detectar el concepto de amenaza.

Melanie, nuestra fabulosa protagonista –no importa que sea zombi, como analogía nos sirve- es paradigma del esfuerzo adicional que se debe hacer para compensar esta ‘carencia’ biológica. Le cuesta horrores, como a los chavales de una clase de secundaria cualquiera, contener sus reacciones agresivas. Como fantástico ejemplo, casi no logra evitar comerse a su amada profesora. Fabuloso hallazgo. Este descubrimiento nos lleva a una simple conclusión: toca paciencia, resignación y serenidad mental por parte de los que, ojipláticos, contemplamos el espectáculo. En palabras del vulgo: ajo y agua. Ponles una máscara, átales y que no te huelan demasiado cerca; ah, sí, y reza por salir victorioso –vivo- de la contienda. La escena final, desternillante y apoteósica, irónica a más no poder –como muchos momentos de la película: alguna vez he sentido ganas de dar clase así.

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