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Madres de cine

por Juan Sanguino.

Todos tenemos una madre. Aunque nos quejemos de ellas, tenemos que quererlas. Hay algo tremendamente inapropiado en dejar de querer a alguien que se pasó 17 horas empujando porque tú estabas tan agustito en su útero que pasabas total de salir. Mientras que es un tópico real y comprobable que los personajes masculinos tienen más profundidad y matices en el cine de Hollywood, también hay que reconocer que la figura de la madre ha sido representada de forma mucho más diversa y compleja que la del padre. En Hollywood el padre o te quiere mucho (y se va a morir), o ha pasado de ti toda la vida o te abandonó cuando empezaron a salirte los dientes.

Sin embargo hay muchos más tipos de madres. En Mommy de Xavier Dolan nos habla de una madre que sufre las consecuencias de no haberle dado a su hijo un buen bofetón a tiempo. Dudo que la película sea autobiográfica, porque Dolan tiene pinta de tener una de esas madres absorbentes que dedican toda su vida a decirle a su hijo que no hay nadie como él y que le siguen recogiendo la ropa del baño aunque haya dirigido cuatro películas.

La madre coraje

Por si no fuera suficiente con parir un ser humano sin epidural, hay madres de cine cuyo sufrimiento realmente empieza DESPUÉS del parto. Pero no en plan “mi hijo se ha hecho un piercing y encima se lo tengo que desinfectar”, sino en plan “mira, vamos a matar a uno de tus hijos, elige cuál y date prisa que tengo la cena en el horno”.

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“Mmmm pito pito gorgorito”

Para mí la más traumática siempre fue Betty Mahmoody, interpretada por Sally Field en No sin mi hija. Su historia es una epopeya trágica en la que viaja a Irán para recuperar a su hija, secuestrada por su propio marido. Cuando veíamos esta película en casa mi madre, entrañablemente racista como siempre, solía decir “es que a quién se le ocurre casarse con un moro”, y la verdad es que Alfred Molina tiene bastante cara de querer robarte las joyas, tus mejores años y tu hijo más sano. Por supuesto No sin mi hija solo tiene sentido antes del 11 de septiembre, cuando Hollywood no tenía vergüenza alguna en utilizar el Islam como la fuente de todos los problemas de la gente rica en Occidente. Recordemos por ejemplo que a pesar de estar ambientada en Arabia, Jafar era el único con acento árabe en Aladdin.

Otra madre de película cuyo valor y agallas es todo un ejemplo para mujeres de todo el mundo cuyo mayor problema es que su hijo no estudió derecho es Christine Collins, Angelina Jolie en El intercambio. Lo más importante que nos enseño esta película es que a pesar de que tu hijo haya desaparecido siempre hay tiempo para maquillarse. Ser una madre desesperada no significa que dejes de peinarte, y una buena base de maquillaje y unos labios de cabaretera conseguirán que la policía te haga mucho más caso. No hay por qué dejar de ser coqueta solo porque tu vida se haya derrumbado. El único problema es que puede que cuando por fin encuentres a tu hijo ni siquiera te reconozca de lo pintada que vas.

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“Hola buenos días, quería encargar dos niños. Para llevar. Sí, uno negro y otro blanco. Sí, es que no encuentro al otro.”

Otras madres sin miedo a nada son Maria en Lo imposible, llevando al extremo esa capacidad que tienen nuestras madres de no quejarse aunque se acaben de romper una pierna; Peg en Eduardo Manostijeras, que quería tanto a su “hijo” que nunca le vino con lo de “¿pero es que no te vergüenza ir por ahí con esos pelos?”; y mi favorita: Rosemary en La semilla del diablo. Ella es madre con todas las consecuencias, y si resulta que su hijo es la reencarnación de Satán, pues no pasa nada. Si hay que aprender sánscrito para leerle ritos de sacrificio por las noches, se aprende. Y si el niño quiere un tridente por Navidad, se le compra.

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“¿Ves? Y luego no querías ir a clase de natación”

Las madres que la chupan

Si algo hemos aprendido de Hollywood es que en Estados Unidos hay madres que siguen estando buenas. En España no tenemos ese problema porque en cuanto una mujer tiene hijos deja de teñirse las raíces, pero el cine ha dado icónicas madres que empiezan resultando sexys y acaban dando puto asco.

Tal es el caso de la señora Robinson, que convirtió a Anne Bancroft en un improbable icono sexual gracias a El graduado. Si crees que tu suegra es una bruja, imagínate a Dustin Hoffman con sus amigos.

– Mi suegra está todo el día quejándose.

– Pues yo me tiré a la mía el martes.

Querer acostarte con el novio de tu hija es de cerdas, pero es que hay que estar muy enferma para intentar seducir a Dustin Hoffman. Para dejarnos claro que la señora Robinson era una guarra, Anne Bancroft lleva piel de leopardo en todas sus escenas. Desde el abrigo hasta las bragas. Justo lo que tenía en mente Baudelaire cuando inventó el simbolismo.

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“¿Has comido? ¿Te frío un huevo? Toma llévate un tupper”

Como nuestra generación está jodidísima, en lugar de con la señora Robinson crecimos con la madre de Stiffler. American pie nos marcó a todos para siempre, y nos dio un montón de buenas ideas sobre sitios donde meter el pene en las tardes de lluvia. Jennifer Coolidge interpretaba a una puerca con pocos escrúpulos y muchas estolas de piel falsa que acabaría representando la MQMF (“madre que me follaría”, MILF para los anglosajones y los españoles que se creen vanguardia), que cada vez que se acerca el cumpleaños de su hijo agota las existencias de Vaginesil.

Por muy tronchante que resulte, no hay nada más perturbador que la idea de que tu madre se acueste con uno de tus amigos. Está mal. No es gracioso. Y es la trama de ficción más sórdida desde que Emilio Aragón se casó con la hermana de su mujer en Médico de familia.

Madres que se olvidan de sus hijos en el supermercado

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“¡Que no me pises lo fregao!”.

Todos recordamos Solo en casa como una comedia entrañable e ingeniosa para toda la familia. ¿Para toda la familia? Hablemos de Jane McCallister, por favor. Madre del año en 1990 y 1992. Esa mujer se olvidó de su hijo DOS VECES, en dos Navidades seguidas. Para hacerse un ahuecado hasta arriba de laca y depilarse las cejas en pico bien que le sobra tiempo, pero para asegurarse de que sabe dónde están todos sus hijos (recordemos que tiene dos, no puede ser tan difícil) siempre está demasiado ocupada. Si Angelina Jolie aún no ha perdido a ninguno de sus 6 hijos (o si lo ha hecho se ha dado mucha prisa en reeplazarlo con otro del mismo color sin que nos demos cuenta), no hay excusa para la señora McCallister.

¿Es que a nadie se le ocurrió llamar a los servicios sociales? La verdadera película detrás de Solo en casa es un drama social en el que la justicia le quita a Jane sus dos hijos y se los da a Whoopie Goldberg. Si la señora McCallister hubiera protagonizado La decisión de Sophie su actitud habría sido de “¿Que vas a matar a uno de mis dos hijos? Pero si no tengo dos. AH SÍ. Espera. Mmmm bueno coge el que quieras”.

Madres que piden a gritos una ligadura de trompas

Que quede claro una cosa: todas las madres del mundo creen que son buenas madres. Hasta las madres más cabronas tienen una escena en la que justifican su despotismo (y de paso explican la película). Pero una película de psicópatas no está completa hasta que no te descubren que todos los traumas del protagonista vienen de una madre que solo quería dos cosas: que estudiases una carrera y que acabases en un psiquiátrico.

Aquí lo de “yo solo quiero que seas feliz” no tiene cabida, porque estas madres empezaban por no comprarte la Nintendo en Navidad y acababan rajándole la cara a tu novia. La madre de Norman Bates era una verdadera golosina: antes de morir se aseguró de que su hijo aprendiese que es peor masturbarse que matar gente, pero sin embargo no le pareció raro en absoluto que Norman se pusiese sus vestidos para hacer las tareas del hogar. Homófoba no era. Asesina sí. El pobre Norman tuvo muy mala suerte, porque si yo me voy a vivir a ese motel de mala muerte probablemente también habría apuñalado a la primera rubia con cara de ladrona que me encontrase, ni que solo sea por salir de la rutina. Además todos sabemos que las madres siempre tienen razón, y llevarles la contraria es una pérdida de tiempo.

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“A que voy yo y lo encuentro”

La señora Bates ha inspirado decenas de madres posesivas como Erica Sayers en Cisne negro, a la que le sobraba el dinero para estirarse la cara hasta ponerse los ojos en las sienes pero no era capaz de pagarle un psicólogo a su hija cuando hasta la madre de Precious se hubiera preocupado por lo loca que estaba. Alice Ward en The fighter era una madre paleta y con predilección por el animal print que Melissa Leo convirtió en una versión desquiciada de Encarna Sánchez. Y no podemos olvidarnos del último fichaje en la Liga de las madres trastornadas: Violet Weston en Agosto. Mery Streep reaparece en este artículo con muy mala leche y muchas ganas de joderle la vida a sus hijas y eclipsar al resto del reparto de la película.

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“- Y dale con que estoy más gorda.

– ¿Pero entonces vas a venir a cenar en Nochebuena o no?”

Madres con ovarios de acero

A todos nos gustaría pensar que si un ejército de cyborgs intentara matarnos, nuestra madre cogería una metralleta, se pondría una camiseta de zara basic y se liaría a hostias. Pero la única que ha tenido que hacerlo es Sarah Connor en Terminator 1, 2 y realmente no sé cuántas hay.

El instinto de protección materno normalmente se limita a gritar “NO CRUCES QUE ESTÁ EN ROJO”, pero hay madres de cine a las que no les ha quedado más remedio que matar a cientos de personas para proteger la vida de sus hijos. No me quiero ni imaginar a Sarah Connor en una reunión de padres y alumnos.

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“Cómo que ha suspendido Plástica”

La mitad de las películas de Jodie Foster pertenecen a este subgénero. En Plan de vuelo: Desaparecida se salta la norma de no desabrocharse el cinturón hasta que el avión se haya detenido para encontrar a su hija, que todo el mundo asegura que nunca existió (las lesbianas también pueden tener hijos). Esa trama tan delirante da para una película entretenidísima, y seguro que le ha dado muchas ideas a Ryanair para obligarte a facturar a tus hijos si no caben en el armatoste de hierro.

Meryl Streep también tiene una madre guerrera en su filmografía. En Río salvaje lucha contra Kevin Bacon como haría cualquier madre por tener unas vacaciones en familia tranquilas: que la habitación del hotel esté limpia, que los niños se coman el bocadillo y que nadie intente asesinar a tus hijos.

Pero la madre con cojones definitiva es la teniente Ripley en la saga Alien. Lo que mola es que la reina Alien también es una madre coraje. La saga no es más que la típica pelea entre marujas a la salida del colegio (“tu hija es una mala influencia” “pues yo he visto a la tuya fumando”) pero en el espacio exterior.

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“A ver si le enseñas modales a tu hija, guapa”

Si la teniente Ripley hubiera protagonizado Lo imposible, el tsunami no habría tenido cojones ni de acercarse a la playa. Si la teniente Ripley hubiera protagonizado Bambi, nuestra generación no estaría rota por dentro tras semejante trauma. En la vida real Ellen Ripley habría ido a las oficinas de Disney y se habría liado a hostias hasta que cambiaran el argumento de la película.

Nuestras madres no tenían ese poder, pero no cabe duda de que todas tienen un poco de cada una de las heroínas de este artículo (que levante la mano quien no se haya perdido mientras su madre disimulaba que no tenía ni idea de dónde estaba su hijo). Una madre tiene que valer para todo, y si hay que liarse a tiros con robots, pues ya encontrarán el ratito. En cuanto descongelen los muslos de pollo y salgan de la peluquería cogen la ametralladora y se acabó la tontería.

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