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Los 100: ¿visibiliza o condena la bisexualidad?

por Cristina Penín.

Menuda se ha liado con la serie de la CW Los 100. Si eres seguidor de la serie pero no has llegado al capítulo 3×07 no sigas leyendo porque hay spoilers, avisados estáis.

Para los que vayáis al día, ya sabréis que Lexa, Heda o Comandante de las 12 tribus, fallece de una forma muy tonta por culpa de una bala pérdida que estaba destinada a Clarke. Justo después de que las dos hayan podido consumar su amor, ¿casualidades de la vida o una discriminación más hacia la comunidad LGBT?

Lo curioso de Los 100 es que empezó siendo un producto que apestaba a drama adolescente para, de repente sorprendernos por lo arriesgado de sus tramas, convirtiéndose en lo mejorcito que hay ahora mismo en el panorama televisivo sobre ciencia ficción. Algunos aventuraron incluso que tenía puntos en común con Battlestar Galactica (2004 – 2009) y el personaje de Clarke (Eliza Taylor) empezó a tener una evolución interesante que la alejaba de ser la típica listilla cargante que parecía al comienzo.

Entre los aciertos de la serie que elevaron su calidad fue presentarnos una sociedad futura dónde el feminismo era real. Tanto para la gente del cielo como para los terrícolas, tener líderes femeninos es algo natural, tan aceptado en este universo creativo, que la serie ni siquiera pierde el tiempo en explicar por qué esto es así. Hay Cancilleres y Comandantes femeninos como pueden ser masculinos y punto. Afortunadamente cada vez es más normal ver que las protagonistas femeninas ocupan un lugar mayor, muchas sagas juveniles así lo prueban.

Centrándonos en el caso de Clarke, su relación al principio con Finn (Thomas McDonell) sirvió más como punto de inflexión dramático que porque nos interesara la relación, rápidamente odiamos a Finn y olvidamos su muerte. Lo que sorprendió y mucho es que el siguiente interés amoroso de Clarke fuera Lexa (Alycia Debnam-Carey) y no Bellamy (Bob Morley) como todos esperábamos.

En este mundo post-apocaliptico las decisiones se las jugaban Clarke y Lexa, de igual a igual y sin hombres de por medio. La atracción nace entre ellas de una forma natural. El personaje de Clarke no habla ya de un colectivo poco representado como el lésbico, sino de otro aún más minoritario como es el bisexual. Quiso a Finn, pero también quiso a Lexa. Además se ha visto su atracción por otra chica en esta temporada, como es también evidente su atracción por Bellamy en ocasiones. Está claro: Clarke siente una atracción por otras características que van más allá del sexo.

La bisexualidad como orientación sexual se muestra más controvertida que la homosexualidad ¿qué es eso de que te gusta todo? Los bisexuales se enfrentan a la discriminación por todos los frentes, no entendidos ni por heteros ni por homos. Muchas veces se la ha intentado reducir a un estado transitorio, un alto en el camino mientras uno se decide. Clarke nos enseña que no, que el bisexual no es transitorio ni tampoco una indecisión, sólo se elige en base a otras características que no tienen que ver con el sexo.

Freud decía que todos somos bisexuales, más que bisexuales somos seres con una sexualidad polimorfa completamente abierta y variada. En el curso de nuestro desarrollo se va acotando aquello que nos gusta, la pareja que despierta nuestro interés debe tener una serie de características. Si soy mujer hetero, una de esas características es que la pareja sea hombre, pero no todos los hombres me ponen; hay otros condicionantes que también son necesarios y algunos de ellos son inconscientes, “no sé por qué me gusta ése hombre en concreto pero me atrae”. Para el bisexual el peso está más en otros condicionantes que en el sexo. Eligen, no son ni indecisos ni viciosos. En Clarke me aventuro a decir que la característica que busca es el poder que emana de la otra persona, sea hombre o mujer.

El problema de los 100 es que ha mostrado una relación muy interesante entre dos mujeres fuertes, pero ha seguido el camino de otras ficciones. Mencionar como las más reconocidas a Xena y Gabriel en Xena, la princesa guerrera (1995 – 2001) o Tara y Willow en Buffy, cazavampiros (1997 – 2003). ¿Qué tienen en común todos estos casos? Su final trágico. Y de aquí surge esa reacción furibunda en las redes contra el showrunner de los 100, Jason Rothenberg: por una vez queríamos el happy ending.

Creo que lo malo no es que se hayan cargado a Lexa, aunque no nos guste, porque es coherente con el tono de la serie. Una muerte que más que imprevista, es tonta, como ocurre en la vida real tantas veces. Pero ante la falta de más personajes LGBT en series dirigidas a un espectro amplio de la población, que siempre haya final trágico es lógico que moleste. Claro que también hay drama y muertes entre parejas heterosexuales, pero tengo un montón de series y películas románticas con finales felices si es lo que me apetece ver.

Creo que el problema está en que las cadenas creen que los personajes LGBT sólo interesan a la gente de su colectivo y que toda la mayoría hetero va a perder el interés frente a unos protagonistas cuyos gustos sexuales no sean los mayoritarios.  A ellos decirles que yo, siendo mujer hetero, aplaudía y daba saltos de emoción en el sofá cada vez que Lexa y Clarke tonteaban, al igual que muchos seguidores dejando de lado preferencias de cama. Su historia nos interesaba, nos emocionaba y podíamos identificarnos con ellas compartiéramos o no su orientación sexual. Porque lo que sí compartimos todos, como seres humanos que somos, es la capacidad de amar.