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Por qué la serie Hannibal traiciona al auténtico Hannibal Lecter

por Javier Quevedo Puchal.

De entre las imágenes más icónicas de Hannibal, la serie de Bryan Fuller inspirada en el universo literario de Thomas Harris, me gustaría rescatar una en particular: el doctor Hannibal Lecter recibiendo visitas en su celda. La imagen llama la atención no solo por la imponente figura de Mads Mikkelsen, que bien poco nos recuerda al escuchimizado Anthony Hopkins. También la propia celda, reproduciendo de forma inverosímil un entorno exquisitamente barroco, guarda escasa relación con la prosaica celda que recordamos de El silencio de los corderos.

La estampa de este superempotrador Lecter encerrado en una celda que haría las delicias de Manuela Trasobares es tan exagerada en su conjunto que casi podría parecer paródica… de no ser, claro, por la profundidad que destilan otros detalles. Baste recordar el plano en el que Hannibal mira el techo de la celda y, para nuestra sorpresa, nos topamos con la cúpula de los Museos Vaticanos, remitiéndonos así al llamado «palacio de la memoria» (un concepto psicológico presente en los libros de Harris, pero no en las adaptaciones fílmicas).

En cierto modo, estas imágenes condensan con precisión las luces y sombras de la serie. Por un lado, se guarda cierta fidelidad al original, a la vez que se reinventa por completo para ofrecernos algo nuevo. Por otro lado, la reinvención se les va tanto de las manos que yo no sé qué pensará Thomas Harris de todo esto, pero suerte tienen de que no se prodigue en las redes como otros. Es más, sospecho que Harris vio dos o tres capítulos y, tras secarse las lágrimas con los cheques que habrá recibido por los derechos, decidió que mejor se olvidaba de todo y pedía un buffet froid a domicilio con unos amuse bouche para picar. Porque hay que ver el hambre que le había entrado con esos planos de pornografía gastronómica. A mí siempre me ha parecido un hombre bastante práctico.

Mucho se ha hablado de las bondades de esta serie. Y con razón, porque no anda escasa de ellas. Su estética exquisita, convertida en auténtico delirio en la tercera temporada. Su tono oscuro y lúgubre, capaz de llevar hasta las últimas consecuencias la sordidez de las novelas de Harris. El complejo trazo con que se dibuja la relación entre Lecter y su compañero, nemesis y objeto de deseo («y una gran gran amiga suya») Will Graham. El espléndido trabajo de todos sus actores, con especial hincapié en Mikkelsen y Hugh Dancy (y exceptuando a Gillian Anderson, que saldrá monísima, pero servidor estaba todo el tiempo preguntándose si está colocada, a punto de estornudar o si solo tenía dificultades en recordar sus líneas de diálogo). Lo bonitos que son los trajes de Hannibal. Lo bonitos que son los planos de comida. El buen torso que da Hugh Dancy en la cama del hospital. Y cómo engancha, tía.

Porque otra cosa no, pero Hannibal engancha. Y Bryan Fuller está dispuesto a lo que haga falta para conseguirlo. Si en las novelas Will Graham era un tío muy inteligente, observador e intuitivo, tan empático que era capaz de «meterse» en la mente de los psicópatas a quienes investigaba el FBI, en la serie es un mutante de los X-Men. No es que sea inteligente, es que solo le falta caer en trance cada vez que llega a la escena de un crimen. Lo cual está muy bien, porque da pie a una de esas reinvenciones tremendamente plásticas que se la ponen gorda a Fuller. De hecho, una de las reinvenciones que mejor funcionan, añadiría yo.

¿Cuál es el problema? Que a Fuller no le basta con eso. Él sabe que tiene entre manos un material muy serio y adulto. Así que decide subrayarlo una y otra vez, hasta dejarnos exhaustos. ¿Recordáis la escena de El silencio de los corderos donde Lecter llegaba gradualmente al corazón de Clarice Starling, deshojando su más íntimo secreto sin que ella apenas se percatara? Pues en la serie, todos van a cien por hora desde buena mañana. Cuesta encontrar un solo personaje que no sea un gran pensador y lo demuestre siempre que tiene ocasión.

«No puede reducirme a una serie de influencias, no soy el producto de nada. He cambiado el bien y el mal por el conductismo», dice Will Graham en un capítulo. «La gente joven es la lente a través de la cual nos vemos a nosotros mismos más allá de esta vida», afirma la doctora Bedelia en otro. Con esos cocientes intelectuales, no es de extrañar que Lecter se quiera acostar con ambos.

Y hablando de Lecter, ¿cuál es el resultado de esa superpoblación de mentes brillantes por metro cuadrado? Pues el que tenía que ser: que Hannibal Lecter ya no es un personaje tan especial. Sí, sigue siendo un psiquiatra muy inteligente… pero solo un poco más que el resto. Lo justo como para ir un pasito por delante de los demás. En libros y películas, era casi una fuerza sobrenatural, rozando la omnisciencia. En la serie, solo es alguien muy listo y juguetón a quien sabemos van a meter entre rejas antes o después, porque los demás tampoco es que sean lerdos. Las fortalezas sobredimensionadas de cualquier personaje principal acaban evidenciando las flaquezas de Hannibal. Y quien sale perdiendo es él, claro. Porque tal vez ahora sea un personaje más humano, pero en el fondo también es menos magnético e interesante.

A Fuller le interesa mucho darnos un nuevo Lecter, más cercano y sutil que el que interpretara Hopkins. Pero por el camino, Fuller parece olvidar que Lecter no es solo lo que Hopkins hizo de él. El Hannibal original era un sociópata pulcro y elegante que, pese a ello, no tenía el menor reparo en huir de su celda arrancándole la cara a uno de los policías que lo custodiaban y cubriéndose la cara con ella para hacerse pasar por la víctima. El Hannibal de la serie es tan pijo que entraría en una crisis nerviosa si tuviera que ponerse en la cara algo que no sea una mascarilla de colágeno.

El Hannibal original le arrancó la lengua de un mordisco a una enfermera, sin que le subiera el pulso ni al tragársela. De hecho, por eso le pusieron el famoso bozal y las correas. Al Hannibal de la serie tampoco parece que le suba el pulso nunca, pero lo que sí le daría es un soponcio si tuviera que comerse algo sin flambearlo previamente y espolvorearlo con trufas salvajes. Y cuando le ponen el bozal en esa celda que se han tomado enormes molestias en decorar a su gusto (¿?), no sabemos muy bien por qué se lo ponen, pues se ha portado civilizada y modélicamente sin el menor amago de mordiscos a nadie.

De hecho, ese es el primer gran problema de la serie: que en la búsqueda de esos claroscuros y elegantes sutilezas de antihéroe que tan de moda parecen estar entre el público moderno, se acaba haciendo un retrato de Hannibal ya no solo distinto, sino más bien descafeinado.

Para empezar, tanta contención y sobriedad acaba olvidando uno de los factores más destacables del verdadero Lecter: su negrísimo sentido del humor. Recordemos que el Hannibal original se comió cocinado con habas el hígado de uno del censo, y solo porque había ido a su casa a importunarle. O que tal era su sentido de la belleza que acabó asesinando y sirviendo en una cena de sociedad a un mediocre flautista que con sus desafinados acordes estropeaba los conciertos donde participaba.

Sin embargo, la serie se toma tan en serio a sí misma (al menos, hasta la tercera temporada, que es un despiporre maravilloso) que apenas nos deja ver sombras de este sentido del humor tan característico del personaje. A botepronto, solo recuerdo el casi imperceptible mohín con que Lecter observa cómo Mason Verger acuchilla despreocupadamente el reposabrazos de un (carísimo, suponemos) sillón. Y sí, me hago cargo de que simplemente es una elección, una forma de reinterpretar el personaje. Lo malo es que a fuerza de guardar distancias y ponerse espléndidos, el nuevo Lecter no resiste las inevitables comparaciones con el de toda la vida.

Por otro lado, su naturaleza humana y su naturaleza animal están demasiado descompensadas, hasta el punto de que raramente vislumbramos la segunda. El Hannibal original era tan brillante y retorcido que, con mera dialéctica, llegó a convencer a un hombre de que se tragara su propia lengua. No sabemos qué le dijo, pero miedo nos da imaginarlo. El Hannibal de la serie es tan incapaz que ha de recurrir a la hipnosis y las drogas para obligar a sus víctimas a que hagan cosas contra su naturaleza. Y en el fondo tiene sentido, pues ¿cómo va a pretender meterse sin lubricante en la cabeza de personas casi tan inteligentes como él? Si a la menor intentona, le dirían que todos somos «sinfonías de átomos» (esto no me lo invento, lo decía alguien en un momento de la serie), y el pobre se quedaría con el culo torcido. O cachondo perdido, una de dos.

Hannibal Lecter siempre nos pareció un monstruo genial, un animal de inteligencia sobrehumana que vivía enjaulado, y cuyo mero contacto visual aterraba (ya ni hablemos de la posibilidad de otros contactos más físicos). En la serie, obviamente jamás vemos el temor de nadie cuando van a visitar a Lecter en su despacho, lo cual tiene toda la lógica del mundo. El problema llega cuando siguen sin mostrarlo en sus visitas a la celda. Porque eso sí, nadie se pone nervioso ante el contacto visual con él. El control que todos tienen sobre sus visitas es casi absoluto.

Pero como a Fuller eso no le basta, porque quiere humanizarlo un poquito más por si las moscas, incluso borra imaginariamente el muro de cristal que sirve de reja y crea bellísimas escenas donde Lecter interactúa a escasos centímetros de sus visitantes… y donde jamás tememos por ellos, claro. A fin de cuentas, Lecter no va vestido con su aparatoso mono de plástico de matar. Y todos sabemos que ni en escenas imaginarias sería tan ordinario como para estropear sus carísimos trajes Tom Ford con salpicaduras de sangre.

Momentos tan electrizantes como el fugaz roce de dedo de Lecter a Clarice al devolverle su expediente a través de la reja carecerían de sentido en esta serie. Aquella mezcla de intimidad y peligro latente sería inaudita en un show televisivo donde se ha abusado tantísimas veces de ello que acaba perdiendo todo el efecto que podría tener. El erótico plano final de Lecter abrazado a Will junto al acantilado habría fundido los televisores… de no ser porque Will acaba de tomar una copa mano a mano con Lecter, ha ido de copiloto en el coche que conducía el otro, ha sido abrazado por Hannibal yo no sé en cuántos otros capítulos…

Y esto nos lleva al segundo gran problema de la serie, y que de nuevo traiciona fatalmente el universo de Thomas Harris: la pérdida de todo efecto a base de abusar y repetirse. Ya hemos visto antes que unos salpicados filosóficos no hacen daño a nadie, y que de hecho pueden aportar profundidad a los guiones. Lo malo es cuando ya no es que estén salpicados de filosofía, es que aquello está anegado, chorreando profundidad y petulancia en cada frase que pronuncian todos sus personajes.

Si el problema solo fuera ese, pues mira, uno se echa unas risas de vez en cuando y listos. Pero no solo es ese el problema.

En la novela El dragón rojo, el asesino en serie a quien persigue Will Graham impone bastante respeto por lo peculiar que nos parece. No es un asesino en serie al uso, tiene una psicología «distinta». Y eso es precisamente lo que lo hace un villano tan perturbador e interesante.

Respecto a la serie, ya desde la primera temporada los guionistas deciden echar los restos con todos los asesinos que van desfilando por pantalla. Y no son pocos. Cada crimen es más barroco y enrevesado que el anterior, un nuevo salto mortal que complica la espectacularidad de los que están por llegar. Tenemos todos los cadáveres imaginables: hombres-hongo, hombres-árbol, hombres-violonchelo, hombres-ángeles, un enorme tótem compuesto por cadáveres humanos…  y, por qué no, un descomunal ojo compuesto también por cadáveres humanos. Inevitablemente, para cuando por fin hace su aparición el célebre dragón rojo en la última temporada, su personalidad (y su «obra») nos parece bastante pobre en comparación con ese carrusel de morbosidad con que se nos ha estado agasajando hasta entonces.

¿Significa todo esto que Hannibal no merece la pena? Para nada. Significa que en su afán por ofrecer lo nunca visto y desmarcarse (ya no de las películas anteriores, sino incluso de las novelas de Thomas Harris), quizá habría estado bien volver la vista atrás y pensar en qué hacía aquel material tan especial. En que no solo eran historias policíacas de una sordidez exuberante, sino simplemente historias sobre lo cotidiano enfrentándose al horror más absoluto.

Y si algo le falta a esta serie es ese sentido del horror, por mucho que nos lo muestren con mil señales de neón en cada capítulo. Un horror que las novelas sugerían más que exitosamente y sin mayores esfuerzos. ¿Cómo? Pues sin ir más lejos, diciéndonos que uno de los comensales de Lecter, al saber que este le había estado sirviendo carne humana, acabó bulímico y bajo tratamiento psicológico. En la serie, todos parecen llevar fenomenalmente la noticia de que han estado comiendo carne humana. ¿Y cómo no iban llevarla bien, con la buena pinta que tienen esos platos elaborados a cámara lenta, en primerísimo primer plano y al ritmo de Las cuatro estaciones de Vivaldi?

7
5
  • snk88

    Excelente articulo, de hecho he de confesar que soy un total detractor de esta serie la cual abandone a la mitad de la tercera temporada, en ese capitulo en el que hannibal de rebana la tapa de los cesos a will. Ya no podía soportarla, ni a su estética saturada de videoclip onírico, ni a sus cadáveres semanales finamente decorados, ni a will nadando en una nube de pedo, ni a sus personajes supuestamente inteligentes a la hora de hablar pero auténticos idiotas a la hora de actuar, ni el mundo de fantasía donde todo ocurría. Recuerdo sí buenos momentos con la primera mitad de la segunda temporada la cual termina derrapando con el baño de sangre más estúpido y absurdo de la historia de la televisión. Fueron justamente esas constantes incoherencias narrativas las que me empalagaron, ademas de ese Hannibal tan lejos del de Tomas Harris y porqué no decirlo, del mismo Anthony Hopkins, cuya elegancia, peligrosidad y fascinación brotaban en él de un modo tan natural que Mads Mikkelsen se queda solo en una pobre sobreactuación. Otro aspectos, de los muchos que siempre odie, es que al final por no tener los derechos de Clarice Starling tuvieron que transfigurar a Will en dicho personaje y de yapa convertir a Hannibal en homosexual, por lo tanto ya no sé porqué la serie seguía llamándose Hannibal puesto que del personaje original ya no quedaba nada, porque Hannibal sin Clarice es como la Bella y Bestia sin Bella ¿Acaso el candelabro podría reemplazarla?…¡Jamás!

    • dakween

      Me aburres.

      • snk88

        no escribo para entretenerte?

  • dakween

    El libro es mejor mimimi… Qué pesada ya toda esta gente con el mismo cacareo para todo. Siéntate y disfruta de la obra audiovisual por lo que es y deja ya de intentar demostrar lo mucho que lees a cada frase, cansino.

  • kesho

    Comparto algunas de las críticas vertidas en este espacio, sobre todo la que refiere que para cuando llegamos al Dragón los asesinatos más impactantes ya se habían visto. Pero la decisión estética de elevar a Hannibal por encima del salvajismo animal del Lecter de Hopkins fue uno de los cambios que me gustaron (aún cuando en la tremenda batalla con Morph… Jack lo último que le preocupa es su exquisita camisa de seda). Además el que todos los que rodean a Lecter estén intelectualmente cerca de su nivel lo engrandece a mis ojos (me chocan los agentes idiotas como esa serie con Kevin Bacon). Y no se las demás pero con El Silencio se los Corderos me llevé una tremenda decepción, más que una novela parecía un guión para cine, no me gustó nada. Y la forma en que Lecter es descubierto por Will en la película (no sé en la novela) me pareció vulgar y decepcionante, pasaje que se mejoró bastante aunque con otros resultados con Miriam y Beverly. Otra de las características que tal vez pueda jugar en contra de la serie es la ausencia del componente sexual en los asesinatos del que Fuller y su equipo explícitamente rehuyeron (lo dicen en declaraciones que salieron a raíz de la polémica por la violación de Sansa en GOT, asunto en el que por cierto comparto el punto de vista de Alyssa Rosenberg del Washington Post). Con todo es sin duda una de mis series favoritas de siempre y tengo la ligera esperanza de que adapten el arco de Clarice y se animen al final polémico que el cine no se atrevió.