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Los Intocables

GirlsPost

por Pere Solà Gimferrer.

Antes de Los Soprano existía la televisión de calidad y también los creadores con sello propio. David E. Kelley era garantía de calidad, Steven Bochco era la voz de la experiencia y Dick Wolf tenía la franquicia de mayor éxito de Estados Unidos buscando cada día en los periódicos qué dilemas éticos podía proponer a sus espectadores. Pero la era HBO (Los Soprano, Six Feet Under) y la emisión simultánea de ficciones con pretensiones en otros canales (Buffy, The West Wing, 24) hicieron que el público fuera más consciente de quienes firmaban las series y por fin se popularizó la idea de que las series de televisión son obras de arte.

Se diseccionó cada vampiro de Joss Whedon para reflexionar sobre las inseguridades de la adolescencia, se asimiló la Casa Blanca de Aaron Sorkin como una utopía política y los medios alucinaron cuando la HBO llamó a la puerta de Alan Ball para que escribiera una serie sobre la muerte, poco después de ganar un Oscar por American Beauty. De repente, más que productos entretenidos, había expectación por ver y escuchar los discursos de estos señores. Shawn Ryan, Tina Fey, Larry David, Vince Gilligan, Matthew Weiner, Lena Dunham, David Milch, Louie C.K. Nombres y más nombres.

Ahora es la era de los autores, sobre todo en el cable norteamericano. Y, curiosamente, han acontecido unos cuantos movimientos en las productoras que cuestionan si su figura es tan indispensable. De siempre los ha habido que simplemente lanzaban proyectos, daban unas directrices y después sólo supervisaban o ni eso. Pero ha habido tres autores de tres series etiquetadas como ambiciosas que han salido por la puerta trasera de sus proyectos.

En The Walking Dead, el canal AMC primero se ventiló a Frank Darabont, que guiaba la serie y era el responsable de adaptar el cómic a la televisión, y después a su sucesor Glenn Mazzara. Este último después de que tanto el público como la crítica decidieran que había sido mejor que su mentor en la labor de showrunner, dándole un mayor dinamismo a las tramas. Hay dos versiones que explican el despido: se dice que quería un acuerdo económico más ventajoso y por otra parte que no se entendía con Robert Kirkman, el autor del cómic y productor ejecutivo de la serie.

En la serie musical Smash, en cambio, se echó a Theresa Rebeck porque después de un piloto prometedor toda la primera temporada fue cuesta abajo, tanto cualitativamente como en audiencia. Según ella, la productora de Steven Spielberg y el canal no la dejaban trabajar a gusto, proponiendo cambios que ella no aceptaba como máxima encargada creativa. Pero desde que se subió al carro del victimismo, han salido varias fuentes anónimas que critican su absolutismo y cómo era incapaz de aceptar consejos, incluso cuando eran propuestas razonables. Seguía un modelo parecido al de Sorkin y Weiner, escribiendo ella sola todos los guiones y pidiendo a sus guionistas un apoyo complementario (ella avisó al canal que no quería equipo de guionistas), lo cual era muy arriesgado. Si la cosa no funcionaba, ella sería la única responsable. Y fracasó.

Y, finalmente, la comedia más original de las networks, Community, fue renovada por una cuarta temporada (actualmente en emisión) con un pequeño cambio: Dan Harmon, el creador y showrunner hasta ese momento, tenía que bajarse del carro por lo difícil que era trabajar con él. Se insinúa que era un lunático, que no era organizado y que era un inepto a la hora de relacionarse con su productora Sony y de escuchar las sugerencias del canal NBC. Y efectivamente la serie ha regresado con otros responsables, David Guarascio y Moses Port, de la misma forma que Smash volvió con Josh Safran y The Walking Dead tendrá en su cuarto año a Scott Gimple, sacado de la sala de guionistas donde antes se forjó su predecesor Glenn Mazzara.

Estos importantes retoques puede que contribuyan a difuminar la autoría televisiva justo en su momento de máximo apogeo. Demuestran, sobre todo, cómo las series de televisión son un esfuerzo conjunto y cómo, al ser también una industria, todo el mundo es aparentemente prescindible, incluso los creadores. Al fin y al cabo, con la dirección ocurre siempre esto: alguien sienta las bases y los siguientes contratados deben seguirlas (James Mangold en Vegas, Martin Scorsese en Boardwalk Empire, David Fincher en House of Cards).

Pero este experimento no tiene garantías de éxito y ahora los medios estarán obsesionados en encontrarles diferencias a las nuevas obras porque hay series y series y Community, por ejemplo, parecía intrínseca a la visión de Harmon. The West Wing puede que sustituyera a Sorkin después de cargarse su imagen pública con su consumo de drogas y que tuviera cuatro temporadas más, pero la crítica jamás creyó que estuvieran a la altura de las primeras, sí suyas.

Si los responsables se darán por aludidos, es una incógnita. Sobre todo cuando estos últimos años ha habido un par de disputas públicas bastante ruidosas en dramas más autorales que los antes mencionados (la renovación de contrato de Matthew Weiner y también Vince Gilligan amenazando a AMC con irse a otra canal con Breaking Bad). Bien que le dijo el malhablado Kurt Sutter (Sons of Anarchy) al guionista de Mad Men que estaban en una industria y debía vigilar con sus exigencias, que acabaron por drenar las arcas del canal que le cobijaba y ahogaron más a The Walking Dead, motivando la marcha de Darabont. ¿Servirá para que algunos showrunners acepten el apoyo de los demás y sepan delegar algunas de sus responsabilidades? ¿O ayudará simplemente a que algunos egos de calmen?

Incluso una autora tan ególatra y personal como Lena Dunham deja parte de su trabajo en manos de Jennifer Konner, coordinadora oficial y a quien le agradece sus premios. Con estas disputas y despidos, será intrigante ver cómo se desarrollan las próximas guerras entre creadores y canales y productoras, ahora que parece haberse puesto de moda demostrar que nadie es indispensable en esta industria. Por lo menos hasta que sea demasiado tarde.

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